Relato breve RECURRENTE

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Tuvo la sensación, mientras dormía, de que alguien estaba leyendo la palma de su mano. Antes, una racha ardiente había salido por entre los visillos y las celosías del ventanal entreabierto, brincó sobre la penumbra y se deshizo en una frazada pluvial de corpúsculos infinitesimales, arrasando el dormitorio con un clima propio, recrudecido, tórrido, casi literario.

La cazadora de quimeras, erguida como un resorte sobre su cama, reflota, se deja llevar hasta la superficie del duermevelas, entre dos orillas, revuelta en un tegumento plástico, circadiano, desde donde pugna por zafarse, salir adelante, encontrar el rastro de migajas ilusorias dejadas durante las últimas incursiones al misterio. Hace un esfuerzo de precisión, entonces, escarabajea, sobre su diario, con trazos frenéticos y desvaídos, yuxtapuestos y enroscados y torcidos, repletos de abreviaturas y claves inventadas al vuelo, que después, a la luz del día, no consigue entender y menos aún descifrar.

Encuentra la cenefa estirada por sobre la línea meridiana de las paredes, con ballenatos y ostras sonrientes y sirénidas mágicas y encantamientos; reconoce el olor cotidiano a lapiceros y acetona, el burbujeo del inyector de oxígeno en el acuario. Verifica la mesa junto al cabecero, abarrotada con el instrumental de escritura, un bloc, libretas y cuadernos anillados, bolígrafos estratégicos, lápices, incluso, una grabadora electrónica sin transcendencia práctica, pues nunca atinó con la combinación exacta de teclas para capturar el desorden y la avidez de los matorrales y los helechos noctámbulos y las trepaderas alucinadas de sus recuerdos autógrafos.

Desde los principios del invierno tropical, la hora en que el dragón expele sus fogaratas de talcos tibios y una princesa en su torreón suspira por el cid venturoso, ha servido como preludio de un sueño único, reiterativo, entregado por orden, a trozos, como episodios de una telenovela, idéntico a sí mismo, obsesivo por su semántica simple, su coherencia lineal y su sentido transcendente.

Ha despertado, sale tanteando por entre una nebulosa que le atormenta desde siempre, con un mensaje crucial y laborioso y definitivo. Encuentra una habitación recién inaugurada, el solsticio estancado, la juguetería de peluches anacrónicos y casas en miniatura. Sin levantarse, tira del primer cendal suelto que rememora y conforme progresa en el acto continuo de garabatear la premonición, una trama adquiere consistencia paulatina, peso, relieve, densidad; bajo una armazón cada vez más legible, añade retazos, hilvana párrafos, hasta encontrar el episodio terminal.

Contiene la llave interpretativa de todo cuanto antecede a ese instante revelador. Anticipa su propio futuro, inmediato y rígido. A destiempo, sabe que morirá en los próximos minutos, sin un lamento ni un adiós, sepultada entre los escombros y los cascotes de un edificio que ha comenzado a temblar y estremecerse tras la manada de fenómenos que están llegando para asolar el mundo conocido.

FJ Padilla

© FJ Padilla