LA NOCHE DE LOS SUEÑOS

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La noche le fascinaba, su silencio, la sensación de ser el único habitante despabilado sobre el mundo. Conocía el miedo, posiblemente desde mucho antes de tener que enfrentarse a un perro agresivo en un parque adyacente a su casa: estaba encarnizado con el hermano menor y acababa de arrancarle a mordiscos dos dedos diestros. Siguió caminando sin temor, pero a la defensiva, pensó: “Vivo en un cuento”.

Una niebla densa y fragmentada ocupaba la atmósfera, con la apariencia del algodón pedaceado, que resbala por su rostro mientras progresa erguido y mantiene el porte heroico o aventurero o audaz. Ir andando con los pies descalzos sobre una dimensión granular, de arenas bastas, le parece irrelevante, una cuestión secundaria. Está concentrado en andar, en percibir el caudal sensitivo del entorno, el masaje de los diminutos gránulos, la eufonía o la cadencia sonora del verso vocal, sin medida ni tempo; atento al tono o timbre soprano, lo oye oscilar entre silencios, como encantamientos que repiten su nombre abreviado e inducen al caminante a seguir, sin detenerse ni preguntar porqué la bruma dibuja en el aire tantas figuraciones parecidas a helechos o borlas o madreselvas sólidas, apartadas a manotazos, pues necesita adquirir fluidez y progresar resuelto hacia el origen del sonido.

Al rebasar las arenas volcánicas, encontró el metal ondulante y laminado de un mar cautivo y a la poetisa que nadaba como si levitara por entre las aguas mercuriales del escenario crepuscular. La miró mirarlo. Estaba casi desnuda y la visión erógena de sus senos desafiantes obnubiló de inmediato al adolescente. Alcanzó la orilla sin entender la sonrisa radiante y la actitud natural de aquella mujer nacida en los límites de lo cotidiano, cuyos movimientos la acercaron al espectador, que rozó los entresijos de la eternidad en otros otros labios, durante el desenlace de un beso fugaz.

Despertó. El ronroneo de su gato le hizo conectar otra vez con la realidad sensible. Madrid, su habitación, el póster firmado por Beyoncé, los libros en la mesa, todo igual que siempre pero distinto para siempre. Esa jornada no hizo otra cosa que desmenuzar el sueño, recordándolo minuciosamente, aplicándole a Freud, poetizándolo. Se entretuvo en recortar a tijeras figuras geométricas mientras rumiaba melancolía. Abrió la ventana y un manotazo etéreo y tibio elevó y dispersó por la estancia sus pensamientos de papel, meditabundo bajo la llovizna de diminutos corazones charolados que descendían brillando en el clima atardecido del enamoramiento y el ansia de volver al paraíso, donde encontrar siempre, para siempre, a la nadadora mítica cuya mirada tuvo la virtud de curarle la misoginia y provocar el inicio de una pasión tan intensa que la noche siguiente intentó soñar a voluntad con la diva, pero solo consiguió exacerbar su zozobra emocional y desesperarse en un fangal de quimeras irrealizables.

En las semanas consecutivas padeció en secreto la aflicción de un anhelo predestinado al álbum de recuerdos donde acumula otros muchos deseos inalcanzables durante una juventud varada por las insidias del infortunio, sin saber hasta cuándo ni porqué el amor no correspondido parece un catarro y duele y obsesiona como la locura o los enigmas minúsculos en los que se pierde el rumbo cotidiano.

Conforme transcurren las jornadas, la escena onírica va haciéndose más nítida en la memoria. Intensificó su abulia hasta el extremo de inmovilizarlo en la cama, sin tomar comidas ni atender las peticiones de su familia, abandonado a una pesadilla despierta de seres sin sentido y cosas triviales y sucesos carentes de importancia. A ratos alcanzaba la inconsciencia, o la nada absoluta donde nunca encontraba el reverso del dolor, la playa mineral, la fantasí aguanosa a tamaño natural, el lustre perfumado sobre el pelo taheño, las brasas hipnóticas del crisopacio en sus ojos vivos, los labios ilusorios con sabor a fruta fresca, el noviazgo breve pintado en una tarjeta postal con fondo marino sobre la superficie de la frustración.

Amaneció consumido por el hambre, con plomo líquido en la cabeza, le costaba trabajo respirar en posición horizontal y optó por levantarse para retomar las riendas y bridas de su propio destino. Había llegado a la conclusión de que los instantes oníricos, como el momento de nacer o morir, son refractarios a la voluntad del hombre, que no sueña ni muere cuando quiere sino cuando puede o le dejan. Su madre creyó que estaba perdiendo la salud mental y concertó una visita con el psicólogo. Al conocer la decisión, aseguró que iría, para evitar males mayores, aunque intuyó que ninguna ciencia humana tenía remedio o alivio contra el desamor, la suerte aciaga o la necesidad hormonal de alcanzar la luna, en compensación, el tiempo y el olvido sí pueden arreglar las heridas del corazón.

El lunes salió a callejear, curado en parte del hastío, empezaba a vivir, a dejarse llevar por la corriente continua del devenir cotidiano y el ritmo automático de los hábitos. Ocurren sucesos que no se esperan, pensó, antes de sortear la bocanada horizontal de transeúntes apresurados que exhaló una estación de metro. En el Parque del Retiro, mirando los caballos de la guardia montada, hiló algunos indicios recientes que antes no había considerado, el huevo con las dos yemas que descascaró mientras ayudaba a su madre, las siete mariposas grandes y blancas como pétalos que revolotearon a su alrededor, la quiromante rumana que intentó leerle la palma de las manos asegurando que una mujer joven estaba triste por su causa; un sartal de presagios y señales cifradas, interpretables como avisos sobre la cercanía de un suceso trascendental, resolutivo.

Confortado, entonces, por la resignación, llegó hasta las postrimerías del cuento donde se estrellan las ilusiones y los propósitos dirigidos por el esfuerzo expiran, agotados por su propia dinámica exhaustiva, tras caminatas pensativas, empeños delirantes, violentas alteraciones propiciadas por las hormonas y duelos clandestinos, encerrado en su habitación y en las melodías románticas escuchadas una y otra vez, porque le permitían expresar un emotividad confusa y despedir a la musa imaginaria.

Inesperadamente, terminó encontrándola donde menos hubiera sospechado su presencia. La urdimbre de coincidencias y demoras y nudos entrelazados por la vida le llevó hasta las instalaciones deportivas del instituto donde el enamorado sin porvenir cursaba estudios. El acontecimiento ocurrió de súbito, como un rayo que enciende la noche y orienta las almas perdidas, pudo oír los latidos violentos en su pecho, por el alboroto mental que padeció al instante. Era la ninfa del sueño. La encontró nadando libre en el cielo cautivo de las aguas térmicas en la piscina, aureolada por una entelequia de idealizaciones que confería un cariz sobrenatural al encuentro. La bella anónima participaba en los entrenamientos acuáticos de gimnasia rítmica para alumnas del centro docente.

Ergo, la realidad tangible había terminado por imitar, toscamente, a una ensoñación intensa, de modo que experimenta la sensación de haber vivido el momento presente, extrañado de que la ninfa del agua no le dispensara atención ni repitiera antiguos acercamientos, pues se resistía a creer que no ocurriese nada relacionado con la mujer a quien amaba sin paciencia incluso antes de conocerla. Lógicamente, quiso inscribirse a las lecciones del cursillo de natación, pero todas las matrículas estaban cubiertas. También consideró un disparate esperarla fuera y confesarle sin ambages sus tormentos adolescentes.

Así, pues, consciente de la dificultad monolítica del acercamiento, regresó a su rutina diaria sin ella, a las cuatro de la tarde de una jornada más sin su sonrisa floral, rumiando su idealidad, cómo acceder a la vida de otra persona desconocida, pedirle una cita, un autógrafo, nunca un beso, hacer una reverencia a su paso, escribirle, al menos, un poema, encantarla, hacerle saber que es un hombre, que vive muriendo y necesita más tiempo para añadir al tiempo que ya tuvo con ella, una segunda oportunidad, quizá despertar o no despertar jamás de la magia.

Pensó rápido, plagiando construcciones verbales encontradas durante sus lecturas de novelerías. Sin otras opciones, regresó cabizbajo, vencido ante la evidencia, sin saber que la bailarina acababa de exhalar un eructo sin ruido, tras ingerir por accidente un trago del agua clórica donde se mantenía a flote, luego perdió un suspiro y otro más, con la mirada extraviada y los brazos apoyados en el suelo, mientras recordaba al estudiante que se detuvo un momento al borde de la piscina de su vida y era la reproducción exacta del hombre de quien se había enamorado sin remedio durante el transcurso de un sueño irrepetible.

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© FJ Padilla