RECURRENTE

Relato más que breve: hiperbreve


Tuvo la sensación, mientras dormía, de que alguien estaba leyendo la palma de su mano. Una racha ardiente había salido por entre los visillos y las celosías del ventanal entreabierto, brincó por entre la penumbra y se atomizó en una frazada pluvial de corpúsculos cálidos, barnizando el dormitorio con una pátina de humedad.
La mujer percibió el relente, o al lector elíptico, y emergió de un clima propio, tórrido, casi literario. Erguida como un lento resorte sobre su cama de doble cuerpo, reflota, por un momento se deja llevar hasta la superficie del duermevelas, entre dos orillas colindantes. Anteriormente, había sido una cazadora de quimeras y un segundo después está recuperando su condición humana, como hija única en una familia económicamente por encima de la clase media, una anciana precoz e introvertida que frisa los veinte años y pugna por zafarse del tegumento circadiano y salir adelante, encontrar el rastro de migajas ilusivas dejadas durante la última incursión al misterio.
Hace un esfuerzo mental agudo, de precisión, apenas entonces, agarra su diario y escarabajea con trazos frenéticos e iconos desvaídos y caligrafías yuxtapuestas, cambiantes, enroscadas, torcidas, repletas de abreviaturas y claves inventadas al vuelo, que después, a la luz del día, conseguirá entender y descifrar a duras penas.
Echa un vistazo rápido al entorno, encuentra la misma decoración infantil anacrónica, una ancha cenefa estirada por sobre la línea meridiana de las cuatro paredes, ve ballenatos y ostras sonrientes y sirénidas mágicas y geometrías encantadoras; reconoce el olor cotidiano a lapiceros y acetona, el burbujeo del inyector de oxígeno en el acuario con hipocampos. Verifica la mesa junto al cabecero, abarrotada con tecnología en modo silencio, el instrumental de escritura, un bloc grande, libretas y cuadernos anillados, bolígrafos y lápices de colores, dispuestos en sitios estratégicos, incluso, una grabadora electrónica sin transcendencia práctica, pues nunca atinó con la combinación exacta de teclas vocales con que capturar la entelequia fugaz de la fantasía, imponer un orden a la narración donde aparecen personajes que murieron mucho antes y cielos coloreados por nubes cromáticas y soles noctámbulos con la propiedad de amenizar lo cotidiano y hacerse tangibles a través de las trepaderas alucinadas del recuerdo onírico.
Desde los principios del enigma, coincidiendo con un verano durante el que nevó entre semana y los turistas extranjeros andaban por todas partes preguntando si estaban o no en España o acaso la última resaca les habĂ­a hecho confundir el rumbo, coincidiendo con otros muchos acontecimientos minúsculos propiciados por la trama ordinaria de la vida, la exploradora se descubrió a sí misma observando sin perplejidad a un animal fabuloso, un dragón expele sus fogaratas de talcos tibios, amedrenta, junto a la torre, al príncipe, quien suspira por la heroína venturosa, cuyo nombre podía leer podado en los setos palatinos: "Democracia".
Desde entonces, a las cuatro de la madrugada, la cronista experimenta la zozobra del sueño recurrente, recibido por orden pero a trozos, como episodios en una telenovela, con un preludio idéntico a sí mismo, simple en la semántica de ver siempre, como siempre, a la criatura mitológica descuartizada en diecisiete partes iguales, aunque, a continuación, el argumento se vuelve abstruso, imprevisible y al leerlo desde otra perspectiva es factible encontrarle una coherencia lineal y un sentido transcendente.
Ha despertado, parcialmente, llega tanteando a los áperos de escritura, por entre las fantasmagorías que intenta retener en la memoria, acaso un mensaje crucial y laborioso y definitivo, cuya naturaleza privada e incomprensible le impide compartirlo por las redes sociales o darle importancia en su muro de Facebook. Por consecuencia, está sola, más aún cuando son las cuatro de la madrugada y el solsticio parece estancado en una habitación recién inaugurada. Encuentra la juguetería de peluches obsoletos, la mansión en miniatura, las siete muñecas estilizadas bajo los vestidos de muselina y seda y las diademas intactas de aristócrata, encuentra el disfraz con que representó a la primavera en una obra escolar, ve su iPhone, desplegable como los folletos turísticos, cuya mera cercanía le infunde una sensación de posibilidades infinitas.
Sin levantarse, tira del primer cendal suelto entre los nudos del olvido y conforme progresa en el acto continuo de garabatear la premonición, una idea adquiere consistencia paulatina, peso, relieve, densidad; bajo un torzal cada vez más claro y preciso, entresaca retazos desde el subsuelo de su consciencia, hilvana ocurrencias, ordena párrafos, hasta vislumbrar un mensaje completo. Encuentra la llave interpretativa de todo cuanto antecede a ese instante revelador. El sueño anticipa su propio futuro, inmediato y rígido. A destiempo, sabe que morirá en los próximos minutos, sin un lamento ni un adiós, sepultada, entre los escombros y los cascotes de un edificio decimonónico que ha comenzado a temblar y estremecerse ante la manada de fenómenos que están llegando para asolar al mundo conocido.

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Carpe Diem - javier @ estrella.ws